Diez años de esperanza y sangre

14 febrero, 2021 -

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"La revolución egipcia", una de las series del artista Hossam Dirar.

Robert Solé

 

Es en pleno invierno cuando la "Primavera Árabe" llega de forma inesperada. El 17 de diciembre de 2010, en Sidi Bouzid, un pueblo agrícola del centro de Túnez, Mohamed Bouazizi, un joven vendedor ambulante en paro, se prende fuego después de que su mercancía sea confiscada por los agentes de policía. Al día siguiente de la tragedia, la ira se extiende a otras ciudades del país. El presidente Zine el-Abidine Ben Ali, que lleva veintitrés años en el poder, denuncia los "actos terroristas" perpetrados por "matones encapuchados". Los muertos se cuentan por decenas durante los enfrentamientos con las fuerzas del orden. "¡Irhal!"("vete") se convierte en el lema de la revolución. Se acusa a Ben Ali no sólo de haber instaurado un régimen policial, sino también de saquear Túnez. El 14 de enero de 2011, abrumado por los acontecimientos, huye con su familia a Arabia Saudí.

Cinco días después, mientras estallaban las protestas en Jordania, Yemen y Líbano, y se registraban atentados con bombas incendiarias en Argelia, Egipto y Mauritania, se convocaba una cumbre de la Liga Árabe en Sharm el-Sheikh, en el sur del Sinaí. Por una vez, su secretario general, Amr Moussa, abandona el lenguaje de la madera. "Los ciudadanos árabes", declara, "están en un estado de ira y frustración sin precedentes". 

El 25 de enero es el Día de la Policía en Egipto. Como cada año, un puñado de opositores quiere aprovechar la ocasión para "celebrar" a la policía. Un intento irrisorio, que no tiene ninguna posibilidad de éxito. Pero, este martes 25 de enero de 2011, alentados por la caída de Ben Ali, los manifestantes, que se han organizado a través de las redes sociales, arrastrarán, para su propia sorpresa, a miles de cairotas a su paso. Los manifestantes chocan con las fuerzas de seguridad cuando intentan converger en la inmensa plaza Tahrir ("liberación" en árabe), que pronto se ganaría su nombre y se haría tan famosa como Tiananmen. 

Los enfrentamientos no se limitan a la capital. El balance de esta jornada histórica (a partir de ahora hablaremos de "la revolución del 25 de enero") es de tres muertos y más de 150 heridos. Un levantamiento en directo: durante dieciocho días, la manifestación de Tahrir será filmada y transmitida por las televisiones de todo el mundo. 

La "revolución del 25 de enero" no tiene ni líderes ni carácter ideológico. No es en nombre del marxismo, del antisionismo o del Islam que los egipcios se movilizan en número creciente, sino para exigir libertad y karama (dignidad, respeto), para denunciar la brutalidad policial y la corrupción. Los Hermanos Musulmanes, que habían observado con cautela el movimiento, se unen a ellos el cuarto día, sacando a la calle sus grandes batallones. Será el fin de Hosni Mubarak, que parecía eterno tras veintinueve años de reinado. Incluso el ejército, del que procedía, acaba por abandonarlo. La alta jerarquía militar aprovecha así la situación para eliminar cualquier posibilidad de que Gamal, el hijo menor del faraón -un civil rodeado de empresarios- pueda llegar a ser presidente algún día.

El 11 de febrero de 2011, decimoctavo día del levantamiento egipcio, Mubarak se ve obligado a exiliarse en su palacio de Sharm el-Sheikh. En la plaza Tahrir, donde se han reunido cientos de miles de personas, un inmenso e interminable clamor saluda su salida. Besos, bailes, llantos de alegría. Egipto siente que vuelve a ser oum el-donia, la madre del mundo. 

En el norte de África y en Oriente Medio, es un delirio. Si el mayor país árabe cae en democracia, ¿no caerán todos los regímenes autoritarios, monarquías o repúblicas, uno tras otro, como fichas de dominó? Los observadores ven "el fin de la excepción árabe". Estos pueblos, de los que se decía que estaban resignados, demuestran que son capaces de rebelarse contra la opresión, como los latinoamericanos o los europeos del Este. En efecto, la región ha entrado en la globalización, dando a las redes sociales una nueva función. "Facebook permite planificar eventos, Twitter los coordina y YouTube los comunica al mundo", explica el internauta más famoso de Egipto, Wael Ghonim.

Mapa por cortesía del Historical Dictionary of the Arab Uprisings de Aomar Boum y Mohamed Daadaoui, en el que los autores señalan:

Mapa por cortesía de Diccionario histórico de los levantamientos árabes de Aomar Boum y Mohamed Daadaoui, en el que los autores señalan: "Los catalizadores iniciales de los levantamientos árabes fueron la privación económica y la represión política. Los patrones de difusión fueron similares en toda la región en cuanto al uso de las redes sociales como medio para movilizar y mantener el ritmo de las protestas."


Caos en Libia, horror en Siria

En Túnez, tras la huida de Ben Ali, se formó un gobierno de unidad nacional y se decretó una amnistía general. Esto permite el regreso al país de varias figuras de la oposición. Está previsto celebrar elecciones libres dentro de seis meses. En Egipto, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas se comprometió a garantizar una transición democrática. La euforia continuó, aunque la revuelta de 18 días dejó cientos de muertos y miles de heridos. 

Pero, en este invierno de 2011, la "primavera" no florece en todas partes. En Manama, la capital de Bahréin, los manifestantes pertenecientes principalmente a la comunidad chiíta exigían en vano el fin de la monarquía y el cierre de las bases estadounidenses. Arabia Saudí intervino militarmente para sofocar la rebelión y salvar el trono del rey Hamed ben Issa. Vigila como la leche el fuego en el vecino Yemen, donde el 27 de enero las fuerzas del orden dispararon contra quienes exigían la salida del presidente Ali Abdullah Saleh, que lleva treinta y dos años en el cargo. 

El récord árabe lo tiene Muammar Gaddafi, que llegó al poder en 1969... Libia tampoco escapa al contagio. La detención, el 15 de febrero, de un abogado de Bengasi, Fathi Terbil, provocó una "jornada de ira" al día siguiente. Y tras una violenta represión, los opositores forman un "Consejo Nacional". Invitado por la Unión Europea a responder a las "legítimas aspiraciones" de su pueblo, el dictador libio se esfuerza por sofocar la rebelión por todos los medios.

Esta vez, el presidente francés Nicolas Sarkozy, que había subestimado el levantamiento en Túnez, tomó la iniciativa: tras reconocer al Consejo Nacional Libio como única autoridad política legítima, convenció a Londres y Washington para que intervinieran militarmente. El 17 de marzo de 2011, el Consejo de Seguridad de la ONU autorizó el uso de la fuerza, mientras Bengasi, bastión de los insurgentes, era amenazada con bombardeos aéreos.

A partir de entonces, Gadafi no dejará de perder terreno. El 20 de octubre, intenta huir de la ciudad de Sirte, cuando su convoy es atacado por aviones de la OTAN. Se refugia en un túnel con sus guardaespaldas, antes de ser linchado por los insurgentes. A su muerte le siguen inmediatamente los enfrentamientos entre las milicias, que se disputan el control de los territorios locales o de diversas rutas de tráfico. Libia aparece entonces como lo que es: no un verdadero Estado, sino una agregación de tribus. El caos que reina allí corre el riesgo de desestabilizar a los países vecinos. Ya hay camiones llenos de fusiles de asalto, ametralladoras y lanzacohetes, incautados a las fuerzas gubernamentales, que parten hacia Malí, Chad, Sudán, Níger, Túnez o Egipto.

Sin embargo, es Siria la que experimentará la "Primavera" más sangrienta. El 13 de marzo de 2011, quince adolescentes son detenidos en Deraa, ciudad del suroeste de mayoría suní. Su traslado a una prisión de la capital y los abusos que sufrieron allí rebelaron a la población local. La sede del Partido Baas y el palacio de justicia fueron incendiados. Deraa es ocupada por el ejército, mientras la rebelión se extiende y se radicaliza. En Damasco, Alepo y Homs, miles de manifestantes se enfrentan a las fuerzas de seguridad que disparan munición real. 

A diferencia de Túnez, Egipto y Libia, donde todos los musulmanes son suníes, Siria está gobernada por una minoría alauita, descendiente del chiísmo. La "primavera" allí tomó rápidamente la forma de un conflicto interreligioso. Los "viernes de la ira" se suceden, a la salida de las mezquitas, tras la gran oración semanal. La represión es terrible. Tres mil soldados, acompañados de tanques T-55, entran en Deraa el 25 de abril. Los manifestantes son ejecutados en el estadio y los heridos son trasladados al hospital. 

El Ejército Sirio Libre colabora con las fuerzas kurdas en el norte del país. Pero pronto es suplantado por varios grupos islamistas suníes, entre ellos el Frente al Nusra, una rama de Al Qaeda. Estos grupos cuentan con la ayuda de Turquía, Arabia Saudí y Qatar, mientras que el régimen sirio recibe el apoyo de Irán y de diversas milicias que se le subordinan, empezando por el Hezbolá libanés. 

El presidente francés François Hollande, que sucedió a Nicolas Sarkozy, apoya a la oposición siria. Su ministro de Asuntos Exteriores, Laurent Fabius, llama a Assad "asesino". En el verano de 2013, Francia está a punto de intervenir militarmente con Gran Bretaña y Estados Unidos tras un ataque químico gubernamental en Ghouta, en los suburbios de Damasco, que causó la muerte de varios cientos de personas. Pero París es defraudado por Londres y Washington. Rusia entra entonces en escena y, muy hábilmente, ocupa el centro del juego diplomático. Mientras sigue apoyando firmemente a Bashar al-Assad, propone poner el arsenal químico sirio bajo vigilancia internacional, antes de su destrucción. El 27 de septiembre de 2013, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución en ese sentido. Assad se ha salvado. No le podría haber ido mejor. 

El activista y grafitero Ammar Abo Bakr creó un mural en la calle Mohamed Mahmoud de El Cairo que representa a los mártires torturados y asesinados por las fuerzas de seguridad

El activista y grafitero Ammar Abo Bakr creó un mural en la calle Mohamed Mahmoud de El Cairo que representa a los mártires torturados y asesinados por las fuerzas de seguridad


Un paréntesis islamista

Mientras Siria se desgarra en sangre, se producen avances democráticos en varios países. En Túnez, tras unas elecciones libres, Moncef Marzouki se convierte en presidente de la República en diciembre de 2011, mientras que Hamadi Jebali, el número dos del partido islamista Ennahdha, ganador de las elecciones legislativas, ocupa el cargo de primer ministro. En Egipto se abre el juicio público de Hosni Mubarak, junto con sus dos hijos y varios dignatarios del régimen depuesto. Algo nunca visto en el mundo árabe. Las diferentes elecciones son ganadas por los islamistas, las únicas fuerzas de oposición organizadas en el Valle del Nilo. Para no insultar a la "Primavera", se ignoran algunas irregularidades en las elecciones. Mohamed Morsi, miembro de la Hermandad Musulmana, es elegido presidente de la República por un estrecho margen en junio de 2012. Por primera vez desde la caída de la monarquía sesenta años antes, el jefe de Estado no procede del ejército y es islamista.

En el mundo árabe se vuelve a hablar de "contagio" y de "fichas de dominó", pero en sentido contrario: si Egipto cae en el islamismo, ¿no se sucederán todos los países? Los Hermanos Musulmanes han dejado de lado su antiguo eslogan ("El Corán es la solución"), pero la incompetencia y la codicia de la Hermandad preocupan a muchos egipcios que están dispuestos a "darles una oportunidad". En cuanto a la jerarquía militar, no soporta la existencia de una fuerza competidora que invade sus prerrogativas y amenaza su imperio. En junio de 2013, millones de ciudadanos que temen la instauración de un Estado religioso salen a la calle con el apoyo de los militares. El ejército se apresura a deponer a Mohamed Morsi y a encarcelarlo. Es la segunda vez en dos años y medio que un jefe de Estado es derrocado.

La sangrienta represión de una manifestación islamista en El Cairo empaña pronto lo que parecía ser una "nueva revolución". Ahora está claro que el poder pertenece al ejército. Como ha neutralizado a los Hermanos Musulmanes, el mariscal Abdel Fattah al-Sissi tendrá en mayo de 2014 una elección ... de mariscal a la presidencia de la República. Sin embargo, se enfrentará a atentados, a una preocupante guerrilla yihadista en el Sinaí y a una situación económica muy preocupante.

Los acontecimientos en Egipto han llevado a los Hermanos Musulmanes tunecinos a ser cautos. Han decidido no presentar un candidato a las elecciones presidenciales de diciembre de 2014, que gana Béji Caïd Essebsi (88 años), líder del partido Nidaa Tounès. Esto no impedirá que se les asocie al poder. El Premio Nobel de la Paz 2015 se otorgará a cuatro instituciones que han trabajado por esta transición pacífica: la Liga Tunecina de Defensa de los Derechos Humanos, el Colegio Nacional de Abogados, el principal sindicato de trabajadores y la patronal.

Sobre todo, destruir a Daesh

Con la caída de los Hermanos Musulmanes en Egipto, el Hamás palestino perdió uno de sus más valiosos apoyos. Sin embargo, se ve arrastrado a una desastrosa guerra contra Israel en julio-agosto de 2014. Diez días de ataques aéreos seguidos de una ofensiva terrestre provocan miles de víctimas y daños considerables en Gaza. Esta prisión al aire libre sale sin sangre del conflicto, a pesar de la "victoria" reivindicada por Hamás. 

La desesperación de los palestinos, convencidos de que nunca tendrán un Estado, se expresa entonces con la "intifada de los cuchillos". En siete meses, se cometen más de 350 ataques con cuchillos contra israelíes en Cisjordania. Se saldan con 34 víctimas, pero también con unos 200 muertos por parte de los agresores, generalmente abatidos por agentes de policía.

Si los avances democráticos de la Primavera habían supuesto una desautorización para los yihadistas, adeptos a la violencia para conquistar el poder, el invierno en el que se hunde parte del mundo árabe juega a favor de sus tesis. Toda la atención se centra ahora en Daesh (acrónimo del Estado Islámico en Irak y el Levante), cuyo líder, Abu Bakr al-Baghdadi, se ha autoproclamado califa. Este competidor de Al Qaeda no sólo controla un vasto territorio a caballo entre Irak y Siria e impone un modo de vida medieval, sino que también organiza o incita a cometer atentados asesinos en los países que lo combaten. Es el caso de Francia, que se ha visto perjudicada en varias ocasiones, así como el de Túnez: los atentados cometidos en 2015, en el Museo del Bardo y luego en un balneario cercano a Susa, desviaron a los turistas y afectaron considerablemente a su economía.

Los occidentales están decididos a destruir el Estado Islámico, incluso si eso significa servir a Bashar al-Assad. El conflicto sirio se vuelve ilegible. Mientras Rusia proporciona al régimen un apoyo militar directo bombardeando indiscriminadamente a todos sus adversarios, Estados Unidos y sus aliados atacan a Daesh y apoyan activamente la reconquista de Mosul por parte de las tropas iraquíes y los combatientes kurdos desde el 17 de octubre de 2016. Un año más tarde, fue la caída de Raqqa, en Siria, cuya autoproclamada califa había convertido en su capital. Baghdadi morirá el 27 de octubre de 2019 durante una operación de las fuerzas especiales estadounidenses. 

MBS hace mucho daño

No hay "primavera" en Arabia Saudí, sino la entrada en escena de un joven moderno, nombrado ministro de Defensa en 2015: Mohamed ben Salman, conocido como MBS, hijo del rey Salman, es otra figura de un soberano. Se dice que tiene la intención de reformar esta sociedad de otro tiempo -permitirá, por ejemplo, que las mujeres conduzcan-, pero hará mucho daño.

MBS está arrastrando a varios países de la región, entre ellos los Emiratos Árabes Unidos y Egipto, a una guerra contra los rebeldes Houthi que se han apoderado de amplias zonas del oeste y el norte de Yemen, incluida la capital, Saná. Los houthis, una rama del chiismo, están respaldados por Irán, enemigo absoluto de Arabia Saudí. No sólo resistieron, sino que el frente antihouthista se rompió y los separatistas conquistaron Adén, el gran puerto del sur. Los muertos se cuentan por decenas de miles. La ONU denuncia "la peor crisis humanitaria del mundo".

El 3 de noviembre de 2017, MBS convoca al primer ministro libanés Saad Hariri a Riad, acusado de no ser lo suficientemente firme con Irán. Lo obliga a dimitir y lo mantiene prisionero. El asunto provoca un escándalo. Hariri vuelve a su puesto en Beirut, con gran éxito, tras una intervención de Francia. Ese mismo mes, el príncipe heredero hace encerrar a unas 200 personalidades saudíes en el Ritz-Carlton de Riad en el marco de una operación anticorrupción. Sólo son liberados a cambio del pago de grandes sumas de dinero al Tesoro. Por último, pero no menos importante, en octubre de 2018, MBS asesina brutalmente a un periodista exiliado, Jamal Khashoggi, dentro del consulado saudí en Ankara. Esto provoca una gran emoción en el mundo. El príncipe, sin embargo, parece inamovible, gracias al apoyo de su padre y del presidente Donald Trump, socios en su lucha contra Irán. 


El activismo de dos países no árabes

Tres antiguos imperios -el persa, el ruso y el otomano-, a veces aliados, pero siempre competidores, están muy activos en este mundo árabe destrozado. Cada uno juega su propia partitura, con objetivos diferentes. 

Irán sigue apoyando a Bashar al-Assad. El dictador sirio también se beneficia de la entrada militar de Rusia en el conflicto desde septiembre de 2015. Este apoyo se traducirá en victorias decisivas contra los movimientos rebeldes en Alepo (diciembre de 2016), Homs (mayo de 2017) y Deraa (julio de 2018).

Assad ha conseguido mantenerse en el poder, pero ¿a qué precio? Tras haberse convertido en un hombre en deuda con Teherán y Moscú, reina sobre un país devastado. Este terrible conflicto ha dejado unos 380.000 muertos, innumerables heridos y ha llevado a la mitad de la población siria a emigrar o exiliarse. 

Otro actor no árabe, Turquía, contribuye a perturbar fuertemente lo que queda de la "Primavera". Dando la espalda a Occidente y haciéndose pasar por el Califa del Islam suní, Recep Tayyip Erdoğan empuja a sus peones en todas las direcciones, ya sea directamente o a través de mercenarios. Su país acoge a tres millones de refugiados sirios. Los utiliza como una amenaza para los europeos que temen un repunte migratorio. 

El 9 de octubre de 2019, a favor de la retirada estadounidense, Turquía lanza una ofensiva contra las fuerzas kurdas en el norte de Siria. Esta operación le permite ocupar, en su frontera, una franja de territorio de 120 kilómetros por 30. 

Erdoğan también actúa en Libia, con un doble objetivo: explotar el gas en el Mediterráneo oriental e intensificar su chantaje a los migrantes controlando otra ruta de refugiados hacia Europa. De hecho, muchos africanos transitan por este país en pleno caos, a menudo en condiciones terribles, y luego intentan llegar a Europa por mar. 

Libia está casi cortada en dos, entre una Tripolitana (oeste) administrada por el gobierno de Trípoli y una Cirenaica (este) bajo el mando del mariscal disidente Jalifa Haftar, que acumula victorias sobre el terreno. En diciembre de 2019, Erdoğan firma un acuerdo de demarcación marítima y un pacto de cooperación militar con las autoridades tripolitanas. Miles de mercenarios sirios pro-turcos, apoyados por drones armados, revertirán la situación. Pero la fuerza aérea rusa interviene para rescatar a Haftar: en este país destrozado, Tripolitania está "turquificada" y Cirenaica está "rusificada"...


La excepción tunecina

Nueve años después del inicio de lo que ya no nos atrevemos a llamar "Primavera", el mundo árabe aparece en un triste estado. Si, en conjunto, las monarquías van mejor que las repúblicas, su antigua rivalidad de la época de Nasser y del Partido Baas ha sido suplantada por numerosas guerras internas: entre suníes y chiíes, militares e islamistas, Hamás y la Autoridad Palestina, Arabia Saudí y Qatar... por no hablar del conflicto árabe-israelí que, en este campo de ruinas, se vuelve a favor del Estado judío. Donald Trump reconoció el 6 de diciembre de 2017 a Jerusalén como capital de Israel, que verá normalizadas sus relaciones con los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Sudán y Marruecos. La causa palestina ya no parece interesar a muchos.

En Egipto, al contrario de lo que ocurre en Siria, Libia, Irak o Yemen, el Estado se mantiene. Pero la "Primavera" de 2011 es sólo un recuerdo. El gobierno reprime ferozmente la más mínima protesta. El ejército interviene ahora en todas las actividades del país, para gran disgusto de industriales y empresarios. El remedio de caballo infligido a la economía para reducir el déficit ha acentuado las desigualdades. La demografía galopante -la población se ha duplicado en treinta años- amplifica el desempleo y provoca el deterioro de los servicios públicos (sanidad, educación, vivienda). En el norte del Sinaí, el gobierno no ha conseguido eliminar los movimientos yihadistas, a pesar del despliegue de importantes medios militares y de la discreta ayuda de Israel.

Túnez, el primer país en sublevarse, parece ser el único superviviente de la Primavera Árabe. Continúa su democratización y elige libremente a sus dirigentes, pero atraviesa grandes dificultades económicas. El número de tunecinos que buscan emigrar a Europa sigue creciendo. La desilusión y la desesperación se manifiestan de diversas maneras, incluido el suicidio. En un muro de Sidi Bouzid, no lejos del lugar donde Mohamed Bouazizi se prendió fuego, la palabra "revolución" (ثورة ) ha sido etiquetada al revés.


Réplicas de un terremoto

¿La Primavera Árabe, ese terremoto que cogió a todo el mundo por sorpresa, habrá sido sólo una rápida digresión cerrada sobre sí misma? Las inesperadas réplicas reavivarán las esperanzas de los demócratas. En Bagdad, miles de manifestantes ocuparán la plaza Tahrir en noviembre de 2019 para pedir la "caída del régimen" de Irak, ahogado por Irán. La sangre también corre en otras ciudades del país. Pero son sobre todo Sudán, Argelia y Líbano los que atraen la atención.

En Sudán, el movimiento se desencadena por la triplicación del precio del pan. Una primera manifestación, organizada el 19 de diciembre de 2018 en la aglomeración obrera de Atbara, derrama inmediatamente aceite. Una coalición de opositores, apoyada por sindicatos y abogados, exige la salida de Omar al-Bashir, el general que había tomado el poder en 1989 con el apoyo de los islamistas. La población sufre la violencia y las vejaciones que le infligen los servicios de seguridad, pero también una crisis económica que dura años. Al aplastamiento de una rebelión en Darfur le sigue en 2011 la partición del país: Sudán del Sur se llevó las tres cuartas partes de la producción de petróleo.

A pesar de la represión, se organiza una gran sentada en Jartum frente al cuartel general de las fuerzas armadas. Durará varios meses. Un estudiante de 23 años, Alaa Salah, que se subió al techo de un coche para cantar una canción contra la dictadura, se convirtió en un icono del movimiento, revelando la vitalidad de esta sociedad civil y el lugar de las mujeres en ella. 

Hábilmente, los manifestantes animan al ejército a confraternizar con ellos. El 11 de abril de 2019, el dictador es puesto bajo arresto domiciliario y destituido. Se forma un gobierno de transición, en el que participan civiles y militares, bajo la dirección de un respetado economista, Abdallah Hamdok. Parece que se dan las condiciones para levantar las sanciones contra Sudán, que hasta ahora ha sido acusado de apoyar el terrorismo, aunque su futuro político sigue siendo incierto.

En Argelia, para evitar una sublevación, el gobierno contaba tanto con el alivio de las tensiones sociales gracias a sus ingresos petroleros como con el trauma dejado por la sangrienta guerra civil de los años 90. Pero a principios de 2019, las arcas estaban vacías debido a la caída del precio del oro negro. 

El 22 de febrero, mientras Abdelaziz Buteflika busca un quinto mandato presidencial a pesar del derrame cerebral que le ha dejado impotente, convocatorias anónimas en las redes sociales animan a manifestarse en Argel, Constantina, Orán y Sidi Bel Abbès. El Hirak ("movimiento" en árabe) ha nacido y el gobierno no deja de oírlo. Todos los viernes, ciudadanos de todas las edades, de todas las clases sociales, invaden las calles, llevando la bandera nacional en una capa o un pañuelo. Un gigantesco concierto de cacerolas se dirige al "sistema" -y no sólo al presidente títere- del que quieren deshacerse.

Las enormes multitudes de los viernes tienen la inteligencia de rechazar toda violencia: a las armas y las porras, responden con el eslogan infinitamente repetido "Selmeya " (pacifismo). El 2 de abril, Buteflika dimite, tras ser liberado por el general Ahmed Gaïd Salah, jefe del Estado Mayor del Ejército. Este casi octogenario se hace pasar por un reformista, mientras que encarna -junto con el FLN y los clanes empresariales- uno de los pilares del sistema repudiado. Sus rivales son detenidos y se organiza una nueva elección presidencial. Pero los cinco candidatos proceden todos del partido en el poder. El 12 de diciembre de 2019, la elección de Abdelmadjid Tebboune, de 74 años, no engaña a nadie. Y sólo el 23% de los argelinos votará en el referéndum constitucional del 1 de noviembre de 2020. Mientras tanto, la epidemia de Covid-19 habrá interrumpido el Hirak. Este movimiento sufre lo que sin duda era uno de sus puntos fuertes: la ausencia voluntaria de liderazgo. Nueve años antes, se podía decir lo mismo de los revolucionarios egipcios.


¿Está explotando Beirut?

Manifestantes en Beirut protestan contra la política del gobierno para aliviar la crisis económica, 22 de octubre de 2019 [Foto: Mahmut Geldi/Anadolu Agency].

Manifestantes en Beirut protestan contra la política del gobierno para aliviar la crisis económica, 22 de octubre de 2019 [Foto: Mahmut Geldi/Anadolu Agency].

También en el Líbano surge un levantamiento sin líderes a partir de un hecho aparentemente irrisorio: la imposición de un nuevo impuesto sobre el uso de WhatsApp. El 17 de octubre de 2019, las calles de Beirut son invadidas por una turba furiosa que ataca a los líderes políticos. La moneda nacional se devalúa bruscamente durante el verano, lo que hace que los precios se disparen. Este es el resultado de las acrobacias contables que el Banco del Líbano ha realizado durante años para financiar el déficit presupuestario y mantener la paridad de la libra con el dólar: una especie de pirámide de Ponzi que consiste en succionar los depósitos en divisas de los bancos comerciales a unos tipos de interés fantásticos. Estos esquemas han enriquecido enormemente a los accionistas de estas instituciones, incluidos los dirigentes políticos. Hasta el día en que la "pirámide" comenzó a derrumbarse... 

La crisis económica no solo afecta a los pobres -incluido un millón de refugiados sirios- sino también a la clase media. Las familias ya no pueden pagar la escolarización de sus hijos en las numerosas escuelas privadas del país. Los restaurantes incluso están viendo cómo algunos de sus clientes habituales piden medias raciones... 

Pero las decenas de miles de personas, cristianas y musulmanas, que se manifiestan cada semana en las principales ciudades del país exigen algo más que medidas económicas: la salida de una clase política, a menudo muy corrupta, que se aferra al poder desde el final de la guerra civil de 1975-1990. El sistema confesional parece ahora un clanismo desastroso, que permite -un caso único en el mundo- que musulmanes y cristianos gobiernen juntos. Incluso los chiítas culpan a Hezbolá, al que describen con razón como un "estado dentro de un no-estado". 

El 4 de agosto de 2020, cuando a la crisis económica se suma la de Covid-19, una tremenda explosión sacude la ciudad de Beirut, arrasando los barrios del este en cuestión de segundos, matando a 190 personas e hiriendo a otras innumerables. ¿Negligencia, descuido, corrupción? Se descubre que 2.750 toneladas de nitrato de amonio habían sido almacenadas durante seis años en depósitos del puerto. La ira se mezcla con la desesperación. Muchos libaneses, arruinados y agotados, sólo ven una solución: el exilio.

Pero en el Líbano, como en Argelia o Sudán, la partida no ha terminado. Lo mismo puede decirse de todos los países que han vivido una "primavera", aunque sea fugaz, seguida de una contrarrevolución. Los pueblos árabes saben ahora que no basta con derrocar un régimen autoritario para alcanzar la democracia. En otras partes del mundo, el camino siempre ha sido largo y doloroso. Negándose a desesperar, los ciudadanos más comprometidos o lúcidos intentan, en palabras de Gramsci, combinar el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.

El artículo de Robert Solé "Diez años de esperanza y sangre" apareció originalmente en el nº 328 del semanario francés 1 dedicado a La primavera árabe: La revolución confiscada, el 6 de enero de 2021, y aparece aquí por acuerdo especial, traducido por Jordan Elgrably.

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